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Sunday, February 10, 2013

ReDeco, Revista electrónica del Derecho del consumo y la alimentación, nº 30, 49-56


 

Hemos tenido acceso a las "galeradas" del Liber Amicorum Luis González Vaqué y nos ha sorprendido gratamente que,  como epílogo  de  dicho  libro,  se  haya  incluido  una  divertidísma  nota  enviada  por el  Dr. Xalabarder, que nos complace incluir en este nº 30 de nuestra revista como avance on line de la citada obra. Como dice el propio autor, su «… relación con la Legislación no es precisamente entrañable», pero nos equivocaríamos si nos limitáramos a una lectura superficial o meramente divertida de la comunicación que transcribimos a continuacion: tras sus geniales y descabellados neologismos, su humor demoledor y ocurrente esconde un mensaje tan oportuno como juicioso que haríamos mal en no descifrar y tomar muy en serio. En definitiva, se trata de un tema de Derecho alimentario abordado seriamente pero con humor, puesto que éste «es pura filosofía personal ante la Vida» (Xalabarder dixit).

 

¿DURA LEX O DURALEX?[1]

 
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Roberto Xalabarder[2]
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Las palabras son delicadas. Mucho cuidado en no romperlas o desmontarlas ni permitir que ellas mismas inicien cariocinesis o apareamientos cuyos resultados pueden ser de temer.

Legislar. Según la Real Academia Española de la Lengua es «dar, establecer, redactar leyes». Ya podían los Sres. Académicos haberlo puesto en orden secuencialmente lógico, esto es: establecer, redactar y dar. Quizás ahí radica un poco la perplejidad que suscitan algunas leyes.

Si desmontamos la palabra en sílabas aparece legis-lar que puede interpretarse como leyes caseras o, con mayor suspicacia… «barriendo para casa».

Históricamente, las leyes las establecían los físicamente más fuertes o los más poderosos para salvaguardar sus intereses. Muchas prohibiciones y tabús alimentarios tuvieron este origen; si no había carne para todos, era exclusivamente para los hombres, empezando por el Jefe. Es la ley natural de muchos animales. Otras, sin embargo, amparadas pretendidamente en fines dietéticos, se dictaron simplemente para dejar bien claro «Quién manda».

Había leyes tan inmutables que ni un Rey podía cambiarlas”, sobre todo las escritas en piedra como el Código de Hammurabi.

En todo caso ha ido apareciendo un bosque de leyes con un crecimiento continuado y fractral que ha convertido el Corpus Lex en una selva cuya frondosidad impide ver la luz. Legislación enrevesada, inacabable, el rayo que no cesa, repleta de disposiciones transitorias, adicionales, complementarias y notas piedepaginales que confunden y tientan a interpretarlas egoístamente. Lindo ejemplo de interpretación:

 

la Reina Roja a Alicia en el país de la maravillas «te tomo a mi servicio; las condiciones son 2 peniques al mes pero mermelada día sí día no».

 

- «esteeee… verá Reina, es que no me gusta mucho la mermelada»

 

- «¡tampoco la ibas a comer! mermelada ayer y mañana, nunca hoy».

 

 

Millones de leyes para hacer cumplir sólo 10 Mandamientos. Claro que éstos son demasiado sucintos y lacónicos: «No matarás»... Tenía que especificar mejor porque, cuando el Creador (a quien Dios haya perdonado por esto) dispuso que, para seguir viviendo el ser humano, tenía que matar animales y plantas, ya creaba dubitación. Sólo unos muy reducidos grupos religiosos lo siguen al pié de la letra.

«No mentirás». Aquí aparecen los Teoremas de Incompletitud de Gödel: «ninguna definición es completa por sí misma». Para definir algo se tiene que partir de otra definición previa y ésta, a su vez, de otra anterior y… sin embargo, parece que nos entendemos con las ideas platónicas.

¿Qué es un bosque? Todo el mundo lo sabe. Pero intentemos definirlo mejor: ¿Cuál es el número, mínimo, de árboles que requiere la definición de bosque? ¿300? ¿350? En realidad, 300 o el número de árboles que quieran puestos en fila no es un bosque, o sea que sigamos definiendo…

¿Qué es mentir? No decir la verdad. ¿Qué es la Verdad? Generaciones de filósofos han tratado de definirla exactamente y todavía no han ofrecido una respuesta satisfactoria. Para cada uno de ellos y sus seguidores sí, pero no para el conjunto de la Humanidad. Acusaba el Filósofo al Científico: «vosotros, lo que hacéis, es buscar un gato negro en una habitación a oscuras… en la que no hay ningún gato». Respuesta del Científico: «vosotros hacéis lo mismo… ¡pero decís que habéis encontrado el gato!»

Miles y miles de leyes que se acumulan (mejor decir que se amontonan) y ahí permanecen si no son derogadas o abolidas. Hay muchos ejemplos de leyes y disposiciones que permanecen vigentes por esta causa aunque no se apliquen por sentido común: prohibido llamar Napoleón a un cerdo (Francia); prohibido jugar al ajedrez y hacer el amor a un tiempo (Estonia); prohibido tomar chocolate durante la Misa (Méjico); pena de muerte por pegar un sello con la efigie del Rey cabeza abajo (Reino Unido)[3]. La prohibición de congelar todo el pescado por mor del anisakis sigue vigente aunque se malcumplió unos pocos días. Menos mal que, en este caso, la ley parece que ejerció un efecto disuasorio-acojonante sobre el propio anisakis pues descendieron rápidamente las infestaciones.

No estaría de más añadir en la Disposición Final de entrada en vigor de cada reglamentación una fecha de caducidad o de cumplimiento preferente.

Creo que fue Napoleón quien dijo: «Hay tantas leyes que nadie puede estar seguro de no ser colgado».

Prohibir (libros, imágenes, hábitos, costumbres, ideas…) ha sido siempre una idílica actividad con distintas motivaciones: justicia, religión, economía, moral, intereses, política. Y cualquier ley es ensalzada por una parte de la población al mismo tiempo que crea una renuencia en otra. La Ley Seca, en los EE.UU., tenía buenas intenciones, tanto saludables como morales; no funcionó y fue derogada, aunque mucha gente apoyaría entusiásticamente su retorno. Acaso pasaría lo mismo con la Inquisición, en Europa.

Centrándonos en el ámbito alimentario, nos ilumina una asombrosa constelación de leyes, normativas y disposiciones que tenemos la necesidad indispensable de conocer pues la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento. ¡Pero hay que entenderlas, señor! Y, precisamente, por temor a su incompletitud vienen redactadas con una minuciosidad tan exasperante y enmarañada que, a menudo, resultan incomprensibles para la mayoría de los afectados. Máxima extensión, mínima comprensión.

«Los aditivos enumerados en el párrafo 4 del Capítulo 2 sólo podrán ser utilizados en los alimentos enumerados en el Apartado 8 del Título IV siempre que los párrafos 17 , 18 y 22b del Anexo 402 no digan lo contrario y que las dosis se ajusten a… ». Vd., perdone, la salida ¿por dónde?

Pues esta partecontratantedelaprimeraparte de los hermanos Marx es lo que se encuentra el industrial. La Industria alimentaria comprende desde grandes Empresas, con un Departamento Jurídico capaz de traducir la culta latiniparla al lenguaje profano, hasta el pequeño empresario, incapaz de entender los, para él, galimatías tan incomprensibles como el Códice de Voynich. Sobre todo, cuando encuentra siglas: vivimos rodeados de siglas y hay que conocer su significado para utilizarlas con la jactancia de quien está en posesión del secreto reservado a los iniciados. ¡Con qué satisfacción te sueltan: «pues voy a la UB a hacer el PCR del ADN de un GMO»! («Por mí, como si te operas», sería una respuesta educada.) Peor aún, cambian con el tiempo: antes, CI era Coeficiente Intelectual pero como ahora no parece que haya intelecto cuantificable es Carnet de Identidad: antes OT era Organización de Trabajadores; ahora es Operación Triunfo. «Pues mi hijo ha ingresado en la UVI…» y, cuando ven tu cara apenada, te aclaran: «no, en la Universidad Valenciana Independiente».

Si se leen algunas directivas comunitarias nos encontramos con: ppm ¿es para ponerlo molido”? La dosis QS he de entenderla como ¿quién sabe?

Y ya más concretamente en la UE, el idioma original hay que traducirlo al de cada Estado miembro. Una palabra mal traducida pueda causar problemas. Si en este país que tenemos adosado, Portugal, un cocinero me pide el parecer del plato que acaba de servirme y yo le contesto “exquisito” pondrá una cara compungida porque, para ellos exquisito significa “del montón”. Las leyes, decretos u órdenes adquieren plena vigencia en España cuando aparecen en el Boletín Oficial del Estado… ¡que no se encuentra en los kioscos de periódicos! Eso sí puede consultarse al día en Internet… pero hasta que no aparezca en Facebook o Twitter seguirá de incógnito.

En todo caso es prudente no apresurarse a cumplir las disposiciones porque, después de la publicación original, aparece al cabo de unos días la corrección de errores. Ya lo dijo Mark Twain: «puedes llegar a morir por un error en el prospecto farmacéutico». Así pues, no sería lo mismo leer que esta práctica ha sido condonada que condenada o que debe mantenerse el decreto que el secreto o que merece sanción o canción, etc. etc. (y esto todavía continúa).

Lo ideal sería que todo el mundo tuviera la misma legislación ya que todos tenemos las mismas necesidades nutricionales. No se ha conseguido aún, pese a los esfuerzos del Codex Alimentarius. Pero, al menos, disponemos ya Centros de Referencia comunes (EFSA, FDA, Japón) que han minimizado, aunque no eliminado, los conflictos y alarmas comparativas. 

Ejemplines:

 

- Siguen citándose aditivos prohibidos en tal o cual país. No es lo mismo prohibido (riesgo, nocividad) que no autorizado y esto por varias razones: no lo necesitamos porque se aplica exclusivamente a alimentos típicos de otros países; no hay fabricante nacional y no queremos importar; nuestro Equipo Científico sabe más… [no es ciencia(?)-ficción… recordemos que el colorante Amaranto fue víctima de la guerra fría URSS/EE.UU.].

 

- Otro ejemplo de estas diferencias de criterio “científico”: Japón tiene autorizada el agua oxigenada para todos los alimentos mientras que la UE sigue escandalizándose cuando se solicita autorización como coadyuvante para sectores de aplicación largamente tradicional (cefalópodos, huesos, callos).

 

- Dinamarca, protesta por la adopción de una Directiva común y consigue que se reduzcan los Nitratos. Es de suponer que para no sobrepasar la IDA que ya tienen en el límite con sus espinacas.

 

- Tras un largo (1978-2001) viacrucis de alarmas y prohibiciones, la sacarina ha sido absuelta de toda sospecha por la FDA, pero, en algún Estado, sigue figurando en la etiqueta «la sacarina ha sido cancerígena para las ratas»… es decir, no decimos que sea cancerígena para el ser humano pero lo ha sido para las ratas. Yo sugerí que cambiaran el mensaje por «no deje este alimento al alcance de sus ratas queridas» ya que sólo a ellas podía afectar.

 

- Siguiendo con la FDA y las advertencias divertidas mencionaré que determinado colorante ha sido autorizado para un pastelito, pero California no está conforme; no puede prohibirlo pero advierte al consumidor en la etiqueta: «puede causarle cáncer en California».

 

- Eritrosina y Cantaxantina: los resultados toxicológicos obtenidos en animales de experimentación en sus sucesivas reevaluaciones aconsejaban eliminar estos colorantes. Una encendida y vehemente protesta invocando la tradicionalidad consiguió mantenerlos para las cèrises Bigarreaux y para las salchichas de Estrasburgo. Enarbolando el mismo salvoconducto de lo tradicional, vinos blancos alemanes con un contenido exagerado (desde el punto de vista funcional) en sulfitos siguen en el mercado.

 

- Más colorantes: los “7 de Southampton”. Un trabajo incalificable en todos sus aspectos, pero que tuvo la chiripa de ser publicado en una revista de prestigio, The Lancet, creó la consiguiente alarma por el supuesto efecto de 7 colorantes + 1 conservante sobre la hiperactividad infantil. La Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) lo examinó en profundidad y su dictamen caritativo fue que dicho trabajo era irrelevante y digo caritativo porque lo que merecía tal investigación eran calificativos como memez supina o incompetencia aberrante. No obstante, la DG SANCO de la Comisión, acogiéndose al principio de precaución, obligó a incluir la correspondiente advertencia en las etiquetas: «puede afectar a la hipersensibilidad infantil» con gran alborozo de los anti-aditivos profesionales.

El principio de precaución está resultando el comodín ante la más mínima duda. Si se hubiera aplicado con tanto rigor durante el Neolítico estaríamos todavía picando piedra por si el hierro o el bronce pudieran suponer algún peligro para la salud. El riesgo cero no existe, pero el consumidor no lo admite.

Por suerte, va aumentando el número de consumidores con una buena formación alimentaria; no obstante, la gran mayoría, no pasa de la cultura de suplemento dominical. No se aplican en pensar y se limitan a piensar, como los rumiantes aunque, a diferencia de estos ya no rumian la información, simplemente la asimilan o no, según quién se lo ha dicho. Bulimia informativa y anorexia mental. La credibilidad la buscan en “”médicos”” (doble entrecomillado) televisivos, en gurús predicadores de la pureza o en iluminados (iluminación conseguida tras un continuado ayuno neuronal). No se fían de la Administración. Como aquél que decía: «¡Claro que la Iglesia nos obliga a comer pescado durante muchos días del año! ¡Todos los Apóstoles eran pescadores y hay que mirar por el negocio!».  La Administración Sanitaria está para resolver las dudas de los ciudadanos, pero no se ha hecho casi nada para que resulte creíble. En Europa tenemos la EFSA; cada país comunitario tiene su propia Agencia y, en España, las Autonomías tienen también su propia Agencia. Esto está muy bien, facilitando la cercanía de consulta… a condición de que, ante una consulta global, todas respondan exactamente lo mismo. Una persona con un reloj sabe la hora que es; con dos relojes comienza la duda. Y aunque la Administración resulte cercana no es fiable para este nivel de consumidor; demasiados ataques descalificándola con el argumento de su connivencia con la Gran Industria.

Y eso que las Autoridades Sanitarias han adoptado últimamente una actitud protectora, tutelar, estableciendo amorosas disposiciones sobre lo qué hay que comer, cuándo, dónde, cómo, con quién, para qué… «Es más fácil hacer leyes que gobernar» (Tolstoi). Y gobernar debería ser, en este caso, promover y estimular la Formación del consumidor con una asignatura obligatoria a lo largo de toda la educación sobre “Alimentación y Nutrición”. Alimentarnos correctamente es el acto indudablemente más importante que realizamos, cada día, durante toda la vida. 

Finiquitando: no estoy contra las leyes; son el corsé que controla nuestros afanes asilvestrados y el valladar contra los desmanes de todo tipo, pero pido (pedimos) leyes, reglamentos, órdenes y disposiciones nítidamente comprensibles e inequívocas. Mi perorata sólo ha sido como el Ankh-en-Maat, aquel espejo de la magia egipcia que únicamente reflejaba los defectos.

En octubre 2010 se inició en Bruselas el proyecto de redactar una Normativa Inteligente. ¡Ojalá todos estén de acuerdo en el significado de Inteligente! De otro modo, tenemos elucubraciones hasta que Dios nos coja confesados.

 

Va siendo hora de hablar de nuestro común amicorum. Ya se ha visto que mi relación con la Legislación no es precisamente entrañable, pero lo que siempre agradeceré a esta celestina es que me haya permitido conocer y estimar a Luis.

Es hora de decir (ya iba tardando) que entre los profesionales que se dedican a la Legislación hay gente formada, seria y responsable destacando con su honradez y buen criterio sobre el Mar del Parti-pris («es que yo actúo objetivamente», que significa con un objetivo). Y, entre los formados, serios, sensatos y realmente objetivos brilla Luis como primum inter pares.

La vida es coloidal: cada uno de nosotros es una partícula inmersa en el espacio-tiempo, sometidos al imprevisible movimiento browniano en un zig-zag de trayectorias aleatorias que nos hacen coincidir al azar (¿existe el azar?) con otras partículas. Conocemos gente. Este encuentro casi siempre es fugaz y seguimos matemáticamente derivando sin posibilidad de integración con este contacto que podría habernos resultado satisfactorio e incluso vital. Otras veces, el contacto perdura algo más y establecemos una conversación, al principio educada pero banal, basada en tópicos («hace frío», «¿conocías este pueblo?», «¡vaya gol de Messi!»). Hablamos pero, en general, son conversaciones de usar-y-tirar, un holaquetaleando que pasa rápidamente de diálogo a monólogo en el que los únicos pronombres utilizados son el yo y el mí.

Intentamos conocer al otro pero las palabras solas no sirven. Pasan el filtro de la interpretación… Deberíamos llevar, bien visible, un Código de Barras Personal en el que, pasando sigilosamente el sensor, nos informara de toda la circunstancia del examinado: su formación, su carácter, sus gustos, política, religión… todo.

La verdadera comunicación se consigue a través de la mirada. Con Luis hemos coincidido, lamentablemente, en muy escasas ocasiones. Qué qué ha sucedido para tan paupérrimas oportunidades me aboca al penséqué, creíqué (amigos del tontoqué) que con tanto gracejo describe Fray Gabriel Téllez un una de sus comedias profanas, que casi le propician la excomunión sine die.

Diría que no le conozco. Pero, le sé. La mirada y, sobre todo, su sempiterna sonrisa (a veces en los labios pero siempre en los ojos) lo han permitido.

 

Luis es una persona… rectifico: una personalidad, una rara avis de ésas que están en peligro de extinción y para las que urgimos reservas protectoras. En su faceta profesional se diría que, en vez de cerebro, tiene una esponja y que podría recitar el Pandectas y hasta las Siete Partidas de Alfonso Equis de corrido. Pero esto sólo en la vertiente profesional que siempre nos es transitoria. Lo esencial, lo inmanente, es lo que refleja su aura de inteligencia sin jactancia, de sensatez aquilatada y… del sentido del humor. El sentido del humor no es el chascarrillo ni la risotada. Es pura filosofía personal ante la Vida. La imaginación nos consuela de lo que pudimos ser; el humor nos consuela de lo que somos. Es cuestionarnos continuamente, poniendo distancia a lo conseguido para buscar nuevas riquezas.

Me duele esta parca posibilidad de contacto con Luis porque, cada encuentro, es un chisporroteo de fuegos, nada artificiales. Recibir cestas-obsequio con turrones, caviares, cavas achampañados, jamones patagris y hasta cassisses de Dijon es de agradecer, pero el agradecimiento dura lo que duran estos fungibles. Pero una cesta repleta de ideas, de envoltorios con sorpresas inteligentes las disfruto largo y tendido (esto último obligado por mi crónica acedía).

La Física Cuántica me ha dado un alegrón. Afirma que dos elementos, alejados miles de kilómetros uno de otro, se influyen mutuamente. Aunque no vea a menudo a Luis sé que está ahí y lo mantengo en la reserva de mi pensamiento. Tengo un abrazo para él pero, como no se trata de cumplir una de las Leyes de Murphy, «guarda una cosa suficiente tiempo y podrás tirarla» se lo envío desde aquí a la espera de hacerlo de forma presencial.



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Notas:


[1] Al leer una vez más el (aparentemente) humorístico artículo del Dr. Xalabarder nos asalta una duda: ¿sabrán los jóvenes de hoy en día qué eran el Duralex, sus vasos y vajillas…? Para aclararlo nos referiremos a una anécdota que cuenta Luis González Vaqué en el Capítulo III de sus memorias, tituladas "El futuro llega enseguida":
:
«No hace mucho hablaba con unos jóvenes en la pausa para el café de un seminario y no sé por qué razón salió el tema de la manía de los barceloneses, en la década de los sesenta, de ir a Andorra a comprar vasos y vajillas irrompibles de Duralex. Uno de mis contertulios, de apenas unos veinte años, exclamó «¡c… en aquella época ya ibais a comprar preservativos a Andorra!». Sin comentarios… prometo que no me he inventado la anécdota, solo he escrito preservativos en lugar de condones que fue lo que mi joven colega dijo realmente.»

 

[2] Químico – Farmacéutico – Bromatólogo (vertiente profesional); Cronopio (vertiente humana).

 

[3] Quizás es en el Reino Unido donde persisten más disposiciones obsoletas pero aún vigentes: es ilegal conducir un rebaño por las calles de Londres desde las 10 de la mañana hasta las 7 de la tarde; en el Palacio de Westminster está prohibido entrar vistiendo armadura y está prohibido morirse en dicho edificio porque el difunto tendría derecho a un funeral de Estado; es ilegal invitar a una copa a un borracho; no se pueden sacudir alfombras en la calle ni lavar la ropa en una fuente pública ni tender la colada en los parques; y, finalmente, no se permite llamar a un taxi a gritos.

 

 

 

 

 

 

 

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